8/11/2021
La planeación sobre las rodillas o el método de las ciencias de la acción
Daniel H. Castañeda y G.
La reflexión acerca de la praxis política en el abordaje de una crisis global como la actual nos permite vislumbrar su origen: la falta de virtud

 

Los tiempos de pandemia resultan ocasión oportuna para reflexionar filosóficamente sobre la praxis política desde el punto de vista de la teoría del conocimiento y de la teoría de las virtudes. Los medios de comunicación, la televisión y la prensa principalmente, así como la experiencia ciudadana de sufrir el largo e ininterrumpido elenco de medidas “antipandemia”, han revelado, por un lado, la psicosis global, así como el lucro electoral (y económico) que, al parecer, pretenden sacar alguno sectores políticos y económicos. Por otro lado, los citados medios permiten percibir con cierta claridad el hecho de que después de varios meses no parece haber una solución, sino diversas medidas, a veces contradictorias, que solo logran paliar momentáneamente el avance de los contagios y, lamentablemente, de los decesos.

Sin entrar en detalles, pues no es lo que se busca en este escrito, puede citarse el ejemplo de las mascarillas, las cuales en un principio se reservaron para el personal sanitario y se desalentó a la población a usarlas, esgrimiendo que no servían para contener el virus; con el paso de los meses, las mascarillas se impusieron a la población como uno de los medios básicos para evitar la propagación. A la postre, esta medida se ha revelado de dudosa eficacia, como todas las demás, pues no parece haber contenido nada. Lo mismo ocurre con la estrategia política global pues, ante la primera oleada corrió la psicosis, la cual llevó a actuar de manera en extremo precipitada, cerrando fronteras, confinando a la población, deteniendo el trabajo, los transportes, industria, etc., como “la estrategia eficaz” para el control de la epidemia. Con el paso de las semanas, esas medidas dejaron de ser eficaces, por lo que en las sucesivas oleadas de la pandemia, cada una peor que la anterior, ha sido imposible emular las mediadas primigenias, dado el costo humano y económico (y electoral, desde luego) que suponen, pero a su vez, imponiendo nuevas medidas con la pretensión de esta vez sí ser las eficaces. Lamentablemente, otra vez con el paso del tiempo esa verdadera eficacia se va viendo ensombrecida por nuevos focos de contagio, mutaciones del virus, etc., y una posible cuarta o quinta oleada debida a las vacaciones del verano boreal y la imposición de unas medidas que posiblemente, esta vez tampoco sean las eficaces, como el solicitar test de antígenos, green passes, certificados de vacunación, etc., hasta para entrar en los supermercados. Finalmente, la mesiánica vacuna, hija de la diosa ciencia, tampoco parece haber sido la tan esperada solución definitiva y de la cual incluso se habla de sus efectos secundarios en el cerebro, corazón etc[1], y hasta de su ineficacia y de la necesidad de más dosis. Obviamente los políticos esgrimen decenas de explicaciones “científicas”, de oportunidad, conveniencia, etc., para justificar estos bandazos en su praxis; el problema es que para la percepción ciudadana las medidas resultan erráticas e ineficientes. Esto es lo que lleva a tratar de indagar la causa.

Así pues, no es la finalidad hacer un estudio periodístico ni politológico sobre la gestión de la pandemia. Sobre esto último ya hay decenas de estudios[2]. Tan solo se pretende vislumbrar una pista que desencadene luces sobre la metodología de las ciencias de la acción, resultado de una reflexión filosófica sobre tales ciencias, en este caso la gestión político-administrativa, etc. En esta ocasión se trata de encontrar el origen de la deficiencia de la política en acción o praxis política que explique lo errático de las decisiones; encontrar el origen de la falta del resultado realmente eficaz que impide conseguir el fin.

En este sentido, Leonardo Polo parece tener claro que una de las fallas principales de la praxis, y que en el caso concreto de la pandemia explicaría ese dar palos de ciego de los gobiernos, es la improvisación. Primeramente, puede decirse que la improvisación es un déficit cognoscitivo, es decir, una insuficiencia de conocimiento; no alcanza el conocimiento (práctico) para resolver un problema, pues es hacer algo de pronto, sin estudio ni preparación. No obstante, también es un déficit moral radicado en la carencia de virtudes del agente, por el que el control de los movimientos tendenciales es insuficiente de manera que provoca interferencia con los actos de la razón. Esto indica que en la acción concreta convergen los movimientos apetitivos y el apetito racional, o sea, las tendencias y la voluntad gobernados por las virtudes morales, y lo conocido por la dimensión práctica de la razón, gobernada por la virtud de la prudencia. Sobre ésta a veces se dice que “es propia de gente timorata, de gente calculadora”, sin embargo, “la presencia de lo racional es imprescindible. Es necesaria una ordenación de los bienes”[3]. Esta ordenación de bienes no puede lograrse sin el acto de la razón práctica, que conoce los bienes y establece en ellos una ordenación, es decir, una sucesión concatenada para el logro del fin. Sin embargo, para que la razón conozca su objeto ejerciendo su acto virtuosamente “es muy importante tener las pasiones bajo control. Eso no quiere decir no tenerlas, una cosa es tener las pasiones controladas y otra no tener pasiones. Si se es impaciente entonces se cae en la improvisación”[4]. Por esto es que la improvisación es resultado de una escasez cognoscitiva provocada por el descontrol de las pasiones y que la voluntad falseada quiere.

Esto indica la conexión entre la prudencia, hábito que gobierna el ejercicio de los actos de la razón práctica, y las virtudes que gobiernan los actos de las pasiones, pues el descontrol de estas últimas es lo que llevaría a improvisar. Por esto, el deseo impaciente ante la necesidad de solucionar un problema u obtener un bien apremiante, (salud pública, rédito electoral, poder político, lucro económico, etc.) lleva a actuar con precipitación, lo cual a su vez impide el descubrimiento o invención de los conocimientos necesarios para enfrentar un problema aquí y ahora. Por ende, la necesidad habrá de enfrentarse con el ejercicio de las virtudes morales, de otro modo el descubrimiento o invención de la verdad práctica se retrasará, o de plano, no se logrará; esto explica que digan “los norteamericanos que la diferencia entre un arquitecto americano y otro es que el primero se dedica un año para pensar el plan, pero la ejecución de la obra es de seis meses; en cambio, el otro funciona al revés: seis meses de proyecto y un año de realización. La improvisación se paga muy cara”[5], y en política, además del costo electoral, el alto precio consiste en el deterioro del plexo de bienes mediales, del que es parte la integridad y salud de las personas y la economía. De manera que el déficit cognoscitivo provocado por el descontrol de las pasiones termina en un costo humano y económico, el cual no es solamente que un sector se enriquezca a costa de otro, sino que al final todos pierden.

A partir de este apunte resalta lo que parece ser el punto central de la teoría de la acción, pues “quien es fuerte es el que es capaz de deliberar largamente, el que es capaz de comparar con detalle antes de elegir. En cambio, el que elige a lo loco, éste puede parecer más espontáneo, pero en rigor es una persona que aguanta poco”[6]. De aquí se desprende que es en la deliberación donde parece radicar el eje cognoscitivo de las acciones humanas, y verificarse la imbricación completa de lo cognoscitivo con el control de los apetitos, lo cual es tarea de las virtudes morales. En primer lugar, la fortaleza, que es la virtud cardinal que gobierna el apetito irascible, lo cual permite a la razón práctica ejercer sus actos y lograr la consecución del bien arduo. Además, la capacidad para deliberar largamente gracias a la fortaleza permite, primeramente, el acto de la memoria, pues las virtudes y los hábitos nacen y se desarrollan con la experiencia y con el tiempo. En segundo lugar, permite el ejercicio de la inteligencia como hábito, que conoce los primeros principios, y el hábito de la sindéresis que conoce la entera naturaleza humana y con ella el fin al que tienden los bienes objeto de los actos de la razón práctica.

Los actos racionales prácticos que constituyen el eje cognoscitivo y cuasi científico de las acciones humanas (la deliberación, y también el juicio práctico, gobernados por los hábitos racionales prácticos boulesis, sínesis y gnome) tienen una dinámica permitida por el control de los apetitos, de aquí que “no es cierto que el activismo sea una buena manera de dirigir, porque implica precipitación, improvisación. Para dirigir hace falta respetar el ritmo de adquisición de los conocimientos suficientes para decidir con acierto;hay que buscarlos, aunque a veces no se obtengan”[7]. De lo que se infiere que la fortaleza al controlar el apetito resistiendo y atacando los temores permite el ejercicio continuado de los actos de la razón práctica y con esto conocer más y más verdad; quizá no se logre conocer todo lo necesario, es decir, continúe la escasez de conocimiento, sin embargo, la fortaleza permite afrontar la acción con perseverancia, paciencia y magnanimidad confiada para la invención de la solución; siendo esta última parte de la esperanza.

Frecuentemente, como en el caso de una pandemia, las soluciones urgen, por lo que la improvisación podría parecer solercia o sagacidad, como cuando “se dice que el empresario español podrá vencer su handicap actual porque — como el latino en general — es un gran improvisador y mucho más ágil de mente que el hombre del norte. Por ello estará en condiciones de hacer frente al cambio cuando se le venga encima”. Sin embargo, “esta afirmación es, al menos, parcial. Seguramente los latinos tenemos capacidad de improvisación, pero quizá por eso mismo capeamos los temporales sin ir al fondo del problema, que es mejorar las estructuras organizativas. Improvisar no es propio del trabajo en equipo”[8]. La urgencia, por tanto, resalta la necesidad del ejercicio de la solercia para rápida y fácilmente encontrar la propia solución, el medio o lo conveniente; que, a su vez, se implica con el consejo y el trabajo colegial, para los que se exigen otras virtudes, como la docilidad, que dispone a recibir la instrucción de personas con auctoritas. Esta implicación entre la solución propia y la ajena distingue estas virtudes de la improvisación. Además, el no ir al fondo del problema, o sea, la superficialidad, es consecuencia del descontrol del apetito concupiscible que impide el acto de la razón y mueve a la voluntad a querer un bien deleitable fácil, aquí y ahora, encubierto de falsa solercia, como los honores, el deseo de consideración como mesías o salvador de la patria o la capitalización electoral. Con esto se patentiza que la superficialidad se relaciona con una decisión astuta, aparentemente muy brillante, y más si es tomada por personas con peso mediático, pero que a la postre se revela comoparcialmente verdadera, lo cual impediría ejercer la precaución que permite reconocer el bien aparente.

 

Finalmente, Leonardo Polo habla de dos intenciones que pueden surgir con motivo de la resolución de problemas novedosos a través de soluciones tradicionales. La primera es la descalificación del pasado en bloque. La segunda “es la programación del “aggiornamento”. Se sientan sus requisitos indispensables, su excelencia casi soteriológica. Pero tales programas suelen ser improvisados porque no obedecen a un conocimiento suficiente de la realidad profana (falta experiencia); son fórmulas extrínsecas que al proclamarse de un modo absoluto no son congruentes con la dinámica de nuestro tiempo y en breve se revelan inoperantes”[9].Esta intención que parece referirse nuevamente al mesías o pater patriae, denuncia la falta de previsión, debido al déficit de la memoria, y la falta del ejercicio de la circunspección, que permite entender que un medio, por la presencia de ciertas circunstancias se torna en equivocado para el logro del fin, como parar completamente la producción para evitar contagios.

 

Así pues, como puede verse, la reflexión filosófica de la praxis política con motivo del enfrentamiento de una crisis global que afecta el plexo de los medios deja ver la raíz del problema: la aparente falta de virtudes de los que tienen a su cargo la comunidad. Las morales desde luego, y como consecuencia las intelectuales; y con esto, la falta de los objetos de los actos gobernados por ellas, es decir, de conocimiento sobre la solución del problema aquí y ahora (déficit cognoscitivo) que lleva a implantar medidas escasamente planeadas y que al final no resuelven. Al final, todo esto impide la consecución de la justicia, que es la virtud que realiza el bien prudente al establecer el orden racional práctico en los actos humanos, que a su vez permite la existencia de las estructuras que hacen posible la subsistencia humana.

De este somero ejercicio analítico se desprende un extenso catálogo de virtudes intelectuales y morales, que indica que para el ejercicio de las ciencias de la acción y el alcance de la verdad práctica no solo es necesaria “la ciencia”, sino el ejercicio de todas las virtudes. Por esto, aquello que se dice a veces acerca de que la vida privada de los políticos no importa, es completamente falso. Lo mismo podría decirse de la tan en boga inteligencia artificial con la que pretende sustituirse el error humano, la cual no se ve por donde pueda ejercer actividad virtuosa moral. Así pues, la solución a todas las crisis parece estar en las virtudes, por cuyo ejercicio los actos poseen objetos en orden al fin natural de las personas: areté teleía. La virtud no revela el futuro, como sería ver al principio el desenlace de una película, pero es un estar siempre en disposición para afrontar eficientemente toda suerte de situaciones.

 


[1] Véase como ejemplo: https://www.bbc.com/mundo/noticias-58093485?xtor=AL-73-%5Bpartner%5D-%5Bbbc.news.twitter%5D-%5Bheadline%5D-%5Bmundo%5D-%5Bbizdev%5D-%5Bisapi%5D&at_custom3=BBC+Mundo&at_custom2=twitter&at_medium=custom7&at_custom4=80B47AA6-F55D-11EB-9D91-61D64744363C&at_campaign=64&at_custom1=%5Bpost+type%5D, 5 de agosto de 2021

[2] Véase como ejemplo una ampliabibliografía que en poco tiempo ha cubierto muchos aspectos de la pandemia;desde el aspecto médico, hasta los efectos psicológicos, desigualdad social,comunicativos, políticos, tecnológicos, y muchos más, https://opac.eui.eu/client/en_GB/default/search/results?qu=COVID-19&te=, 5 de agosto de 2021.

[3] Polo, L., La conexión de las virtudes, promanuscrito.

[4] Idem.

[5] Idem.

[6] Idem. Énfasis añadido

[7] Polo, L., y C. Llano, Antropología de la acción directiva, Unión editorial, Madrid, 1997, 155. Énfasis añadido

[8] Ibidem., 179.

[9] Polo, L., La originalidad de la concepción cristiana de la existencia, Pamplona, Eunsa, 3ª., ed., 2015, 368.

Daniel H. Castañeda y G.
Abogado y filósofo
Doctor en derecho (Universidad Panamericana) y candidato a doctor en filosofía (Universidad de Navarra). Actualmente realiza una investigación sobre la prueba y la teoría de la acción humana en París y Florencia.