2/8/2022
El logos en la sangre: Apuntes sobre Florenski (1ª Parte)
Juan Rosado Calderón
El martirio es un nihil maius del pensamiento realizado en la acción, el máximo logos posible y, a la vez, trascendente a todo pensamiento.

La acción es el saber puesto a la luz; el saber es el espacio interior y luminoso de la acción” [S. Máximo Confesor]. 

Primera parte del post "El logos en la sangre". Esta entrada contará con otras dos partes.

¿Tenemos acaso nosotros, buscadores de Dios, necesidad de la sangre derramada por el mártir? ¿Y qué posibilidad abre la sangre del mártir, tanto para los seguidores del Dios como para todos los que busquen una realidad atravesada de sentido?

No son pocos los filósofos contemporáneos que han pretendido retornar, con mayor o menor acierto, a la lógica olvidada del simbolismo, a fin de llevar a la razón más allá de sí misma y de cumplir, mediante una belleza investida como salvífica, el deseo que hay en el hombre de vivir en la verdad. Una tendencia así puede traducirse en una dilatación en el modo de concebir a la persona. Porque si, para el intelectualismo, la potencia de verdad que contenga una acción bella resulta últimamente reductible a pensamiento, de modo que no tenga necesidad alguna de palabras icónicas o de “palabras en la piedra”, a la vez para el simbolista la imposibilidad de que el pensamiento circunscriba su acción sólo a lo que el pensamiento pueda darse a sí mismo indica la primacía inobjetivable y apofática de la persona. Pues bien, si la belleza llega a ser un lugar gnoseológico de la persona como acción del logos en la materia, ¿qué decir del martirio, como acción del logos en la sangre? 

No empezaremos a responder a estas preguntas de modo formal, normativo, prescriptivo, sino concreto e histórico. Sin imaginar el martirio como imperativo moral, nos encontramos con una realidad fáctica que levanta una provocación al pensamiento: la de los mártires del XX, la de todos aquellos – tan distintos y a la vez tan concordes – que con su sufrimiento y con su sacrificio nos han escrito algo acerca de la verdad. Uno de ellos es Pavel Florenski, cuya figura sigue siendo desconcertante, pasados ochentaicinco años desde su asesinato. Su fusilamiento por los soviéticos, que tuvo lugar en 1937 cerca de Leningrado, fue reconocido a la familia sólo cincuenta años después. Tanto es así que algún historiador del pensamiento ruso indicaba en los años de posguerra el destino desconocido de nuestro pensador, como si simplemente hubiese desaparecido al modo de un sabio jonio. Pero lo sorprendente es que Florenski acogió al martirio con plena conciencia (no emigró, como tantos intelectuales rusos después de la revolución de 1917), y él mismo escribió con gran profundidad acerca del sentido del martirio en su singular filosofía de la acción, o como él la concebía, en su antropodicea (justificación de la actividad del hombre):

 “Y si, con todo, decido inmolarme, significa que existe algo que para mí es más querido que este mundo y la vida en él, y significa que esto, que para mí es más valioso que el mundo entero, no es una idea abstracta, todo lo bella que se quiera, pero que no tuviera su propia realidad efectiva y que pereciera junto a mi propia vida. Y significa que, si yo no obro por irreflexión, es decir, si la tortura y la muerte no me alcanzan desde fuera, sin que yo comprenda aquello a lo que me expongo, sino que acepto la muerte consciente y voluntariamente, entonces demuestro que el mundo de los valores espirituales es una realidad, y no una representación abstracta; sin quererlo, reconozco que yo, aunque de modo confuso, conozco otro mundo e incluso afirmo su primacía ontológica respecto del mundo de aquí (…) Y mi muerte no serviría en absoluto para probar aquello de lo que estoy convencido, si entre mi convicción y la muerte no hubiera una mínima relación de contenido” [1].

Esa conciencia, esa luz que Florenski llevó hasta las gargantas de la violencia ciega impide al pensamiento desviar su mirada de cuestiones permanentes, metafísicas. Una de éstas es la posibilidad y el modo de comunicarse, algo que va más allá de la cuestión estilística. Se trata del destino del logos, que puede resultar idéntico al destino de la persona si se actualiza como servicio, y como servicio martirial. Si existe un lugar incondicional en el que el hombre sea incapaz de mentir en su encarnación y que sirva para juzgar al resto de sus palabras, un lugar en el que el logos no esté escindido de la vida de la persona y en el que la persona se realice como “palabra encarnada”, ese lugar es el martirio. Y si el martirio es el lugar de la unidad entre la persona y el logos, entonces se convierte en la fuente rejuvenecedora del resto de acciones y de palabras, naciendo el logos en el martirio

Florenski nos ha legado particularmente unas enseñanzas riquísimas desde los infiernos del gulag, en las célebres cartas que dirigió a su familia antes de morir [2]. Leyéndolas, se despierta la cuestión siguiente: cualquier palabra que pretenda transmitir un sentido fuerte, ¿no se revelará, al igual que la belleza, como el encubrimiento disimulado de una impotencia ante el mal? ¿Cómo lograr que tanto la palabra como la belleza atraviesen un mundo sin presencia, sin la visibilidad de la persona? Y si desde allí la palabra fuera posible ¿no se estaría alumbrando un modo de estar mucho más libre e incondicional, que se derramaría hasta las horas de la vida cotidiana? Las cartas de Florenski plantean, en verdad, el desafío de cómo comunicar “lo único necesario”, en el combate por el logos de la existencia. Lo “único necesario”, que quiere decir el centro del pensamiento de un autor  –  y que para Florenski es la orientación de su visión del mundo – . Pero no sólo. Alude también a una cierta primacía respecto de la hostilidad a la que tiene que enfrentarse esa orientación fundamental. ¿Cómo atenerse a la comunicación eficaz y a la vez penetrante, con una mirada fija en el Sentido, sin claudicar ante la desesperación ni ante el envilecimiento, cuando se está en las condiciones infernales de un gulag? ¿Cómo decir las verdades fundamentales a las que ser fiel, cuando no se puede ser todo lo explícito que se quisiera, con tal de que la carta supere la censura y llegue a su destinatario, que en este caso son los propios hijos? ¿Y cómo sostener esas verdades, tan fundamentales pero cuya veracidad ha exigido el riesgo de la filosofía durante años, sin que las condiciones catastróficas las desmientan, o peor, sin que resulten una broma pesada o incluso una blasfemia, el ruido de unos platillos estridentes ante las evidencias del mal? Es esta una tarea que exige una sencillez heroica. Pero todavía hay algo más. La única cosa necesaria a comunicar, con cartas encriptadas a la familia y finalmente con la sangre en una fosa anónima, común, “eso” es el unum argumentum que exige una filosofía de la acción, la unidad irreductible al pensamiento pero que posibilita todo pensamiento, la unidad de la existencia y del sentido, no como dictado coercitivo, sino como invitación, o mejor, como testimonio.

Si nos valemos de la expresión de San Anselmo, el martirio es un nihil maius del pensamiento realizado en la acción, el máximo logos posible y que, a la vez, trasciende a todo pensamiento, haciendo posible al logos mismo. 

[1] P. Florenskij, Filosofia del culto, San Paolo (Milano 2016), 510.

[2] P. Florenskij, Filosofia del culto, San Paolo (Milano 2016), 510.

Juan Rosado Calderón
Filósofo
Doctorando en filosofía por la Universidad Pontificia de Comillas. Su investigación actual se centra en torno a la cuestión del martirio, la relación entre la sangre y la palabra en el pensamiento del filósofo ruso Pavel Florenski.