1/2/2023
Las cinco responsabilidades domésticas: Primera Parte
Rafael Hurtado Domínguez
Tener y ser “casa”, en definitiva, saber “hacer hogar”, significa, entre otras cosas, aceptar la realidad propia y ajena en todo su esplendor. 

Véase también: Segunda Parte.

El padre y la madre de familia están llamados a jurarse amor eterno, ante Dios y ante el mundo, representando la más grande promesa cultural que encuentra su espacio habitual en el hogar familiar. Desde allí podrán, con el tiempo, transformar en “vida humana” su entorno inmediato, a través su quehacer cotidiano compartido en pareja. Desde antaño, la cultura humana –en todas sus dimensiones– ha sabido comprender y respetar la fuerza de este vínculo.

Si la institución matrimonial es fuerte, la sociedad prospera; pero si ésta se debilita, se politiza, o bien se subordinan a las ideologías en turno, la crisis de identidad termina apoderándose de toda relación social.

La prolongación de este desorden no termina en tan desolador escenario, sino que se tornará con el tiempo en tasas bajas de conyugalidad, de natalidad, estancamiento económico, así como la proliferación de diversas estilos de vida que se oponen diametralmente al amor humano verdadero.

Gracias al trabajo diario que tanto madres como padres de familia han desempeñado desde antaño, la humanidad ha gozado desde antaño el privilegio de tener –diría Rafael Alvira– un “lugar a donde volver”. En efecto, hablar de la familia natural implica necesariamente hablar del espacio que ésta habita, y lo que se habita se “cultiva”. Pero también “cultivar” implica necesariamente “ser habitado”, y en este respecto la mujer ha tenido, y siempre tendrá, la delantera frente al varón, pues la mujer es casa… es la madre de todos los vivientes. Como afirma Julián Marías: “esa retirada o retiro a sí misma en que la mujer consiste –aunque hoy no quiera reconocerse–, precisamente para abrirse a la realidad y a acogerla hospitalariamente –desde el hijo alojado en la interioridad de su cuerpo hasta el mundo exterior transformado en “casa”[1].

Tener y ser “casa”, saber “hacer hogar”, significa aceptar la realidad propia y ajena en todo su esplendor. En este contexto, “aceptar” significa “saber instalarse” –siguiendo a J. Marías– de modo particular dentro del mundo de las personas que más nos han de importar: nuestra familia.

Es sabido que en los últimos dos siglos el padre de familia fue exiliado de su hogar familiar por razones ajenas a su entendimiento. ¿Habrá sido el espíritu moderno o no, la industrialización o la guerra, el ideal del progreso o las ideologías de turno? No se puede afirmar con absoluta precisión. Pero ahora vamos comprendiendo que al tomar una cierta distancia de su hogar, el padre de familia perdió la capacidad de “saber instalarse” en el corazón de la madre de sus hijos. Sí, estamos hablando de esa mujer que –afirma Alice von Hildebrand– es “tocada” por Dios en su intimidad sublime al momento de concebir hijos en su vientre sagrado[2].

Esta insospechada realidad, que interpela de modo radical la vida del padre de familia, aún espera ser revalorada, tanto en la vida civil como en el mundo profesional y corporativo. A esta tarea se han dedicado grandes personalidades del mundo magisterial y académico, de modo especialmente protagónico San Juan Pablo II. Sin embargo, el camino por recorrer es aún largo y dificultoso si lo que interesa exaltar, no sólo en el día del padre, es que los varones somos precisamente eso: padres, ya sea en acto o en potencia; ya sea de modo explícito o en proceso de “gestación”. La verdadera promoción de una sociedad –libre, igualitaria y pacífica– en la cual sus miembros asuman las bondades y los retos de la época, pasará irremediablemente por el reconocimiento de lo que podemos llamar las cinco responsabilidades domésticas, que tanto padres como madres de familia han de asumir –de modo generoso y “misterioso”– en su hogar, antes que en cualquier otro ámbito de diálogo y convivencia humana:

  1. En primer lugar, recordemos que la familia matrimonial está llamada a cumplir su función básica societaria, a saber, la crianza y educación de sus hijos, partiendo de la ayuda mutua que se deben en cuanto cónyuges a título de derecho, que se ha de manifestar de modo exclusivo en su primera responsabilidad: la relación de pareja. Ésta se ha de mostrar libre y recíproca, implicando de modo habitual la interacción sexual y la apertura a la fecundidad[3]. En efecto, los cónyuges, varón y mujer, han de asumir dicha responsabilidad con sumo respeto y dignidad, pues todo esfuerzo civilizatorio encuentra en su centro la veracidad de su amor, el cual queda expresado en la vida de los hijos que han de nacer a partir de éste. El amor conyugal, en efecto, se hará presente, a su vez, a nivel institucional, frente a ellos mismos y frente a la sociedad[4]. Por tal motivo, varón y mujer, posibles padre y madre, complementarios y vinculados irrenunciablemente a la vida de sus propios hijos[5] representan el fundamento de toda relación social y cultural, la cual ha de ser garantizada y protegida de modo permanente por el entorno sociopolítico que le circunde. De lo contrario, los esfuerzos de la pareja conyugal por dar consistencia a su amor, a sus frutos connaturales, a su progenie, a los bienes materiales y espirituales que de ellos emanen, se ponen en entredicho.

  1. Por ello, la familia matrimonial ha de ocupar un espacio concreto de libre acceso y operación: su hogar[6], en el que se ha de promover habitualmente el desarrollo integral de sus miembros. Partiendo de su realidad material, el hogar familiar ha de consolidarse como un ente autónomo e interdependiente, como un “refugio” doméstico, posibilitado para hacer frente a las contingencias temporales y pasajeras del entorno inmediato[7], desde hambrunas, pasando por guerras o crisis pandémicas. En ese sentido, el hogar familiar ha de mantener operativamente sus funciones básicas de supervivencia, como son el acogimiento, la restauración, la alimentación y cobijo de sus integrantes[8]. Sin embargo, dichas funciones se articulan correctamente cuando el hogar goza armónicamente de su segunda responsabilidad: la economía familiar[9], sustentada en la propiedad, el trabajo productivo y el salario justo. Dichos elementos han de garantizar a los miembros del hogar el libre acceso a la educación y a la participación cívica, así como a bienes y servicios adecuados para su florecimiento integral. El entorno sociopolítico ha de acoger dicho florecimiento, independientemente su orientación liberal o conservadora[10], pues la supervivencia de la nueva prole depende ello[11].

[1] J. Marías, La mujer del siglo XX, (Alianza, Madrid, 1980); p. 170.

[2] Véase A. von Hildebrand, El privilegio de ser mujer (EUNSA, Pamplona, 2019).

[3] Wojtyla, K.: Amor y responsabilidad. Pamplona: EUNSA, 2021, pp. 57-87; Scola, A.: The nuptial mystery. Cambridge: Eerdmans, 2005; p. 44.

[4] Hurtado, R.: Reflexiones sobre el trabajo en el hogar y la vida familiar. Pamplona: EUNSA, 2006; pp. 58-63.

[5] Wojtyla, K.: Amor y responsabilidad…; p. 55.

[6] Chesterton, G. K.: La cosa y otros artículos de Fe. Sevilla: Espuela de Plata, 2010; p. 202.

[7] Véase Alvira, R.: “The truth about poverty and wealth. Reflexions on the centrality of the natural family in economics and politics;” en Hurtado R. & Galindo F. (cords.): A Stand for the Home. Reflexions on the natural family and domestic life. Pamplona: EUNSA, 2019; pp. 55-73.

[8] Marcos A. & Bertolaso, M.: “What is a home? On the intrinsic nature of a home;” en Argandoña, A. (dir.): The Home. Multidisciplinary reflections. Cheltenham: Elgar, 2018, pp. 35-56.

[9] Véase Hurtado, R.: “El trabajo doméstico: de la Rerum Novarum a la Amoris Laetitia;” en Metafísica y Persona, n. 22, 2019, pp. 61-81.

[10] Véase Robertson, B.: Forced labour. What´s wrong with balancing work and Family. Callas: Spence, 2002, pp. 89-100; Carlson, A.: “Family, economy, and distributism;” en Communio, n. 37, 2010, pp. 634-642.

[11] Véase Carlson, A.: Family questions. Reflections on the American Social Crisis. New Brunswick: Transaction, 1990, pp. 109-125.